El Obispo Navarrete entre 1932 y 1935

He recibido comentarios acerca de mis artículos anteriores, en particular acerca de por qué le llamo “culto” al ejercicio público de la religión, Católica en este caso en México. Esa interpretación tiene varios argumentos explicatorios:

En primer lugar, en México, como en todos los países que se nutrieron de la Revolución Francesa, se presentó el proceso de una creciente laicidad frente al poder religioso. Este proceso quedó finalmente grabado en el Artículo 130 de la Constitución mexicana.

En segundo lugar,  la palabra “culto,” en Español no tiene carácter de menoscabo bajo ninguna óptica. El Diccionario de la Real Academia lo define como: “Homenaje externo de respeto y amor que el cristiano tributa a Dios, a la Virgen, a los ángeles, a los santos y a los beatos.”

Bueno, después de esta explicación, regresamos a nuestra crónica. Ya vimos cómo el Obispo Juan Navarrete decidió esconderse en el mismo Estado cuando se presentó la prohibición en 1932, en vez de irse al exilio. En febrero de ese 1932 el Seminario Mayor fue cambiado a La Huerta, en el Distrito de Magdalena, sitiado en el ejido El Coyotillo.

La Huerta era un rancho, entonces de Julián Bustamante, un ex seminarista que había decidido casarse. Se trataba de un lugar con condiciones de vida muy pobres. Como ejemplo, el agua del pozo del rancho empezó a caerles mal a todos, y al investigar la causa, hallaron que un marrano se había caído allí, ahogándose y corrompiendo el agua. En ese lugar vivieron los seminaristas hasta que decidieron cambiarse a otro lugar, Buenavista, situado a unos 6 kilómetros hacia el Sur, durante el verano del año siguiente, 1933. En ese segundo sitio continuaron sus estudios. Las comidas eran regularmente frijoles de olla, un platillo que llamaron albóndigas y otros más. Cierto día los seminaristas descubrieron en el lugar un objeto que no sabían que fuera, hasta que supieron que se trataba de un silicio que utilizaba el Obispo para mortificarse. De Buenavista, el Obispo acostumbraba viajar a distintos lugares del Estado a atender a su feligresía

En lo regional y nacional, ese 1933 ocurrió la elección presidencial de México, en la que resultaría triunfador el Gral. Lázaro Cárdenas. En Sonora, el gobernador del Estado, Rodolfo Elías Calles, hijo de Plutarco, a quien sucedería Ramón Ramos, consideraron la labor educativa del Obispo como opuesta al programa gubernamental sonorense.

En 1934,  de acuerdo con el Informe Anual del Gobierno del Estado, unos tres mil niños se educaban en todo el Estado, en escuelas de Hermosillo, Magdalena, Cananea, Agua Prieta, Nacozari, Alamos, Navojoa y Guaymas; mientras que “grupos de mujeres organizadas” habían logrado controlar los principales hospitales estatales, como los de Hermosillo, Magdalena, Guaymas y Nogales. Era que la iglesia sonorense seguía los dictados de la encíclica papal, “Rerum novarum”

Así fue cómo el gobernador ordenó el inicio de una campaña “de desfanatización,” como le llamó, en la que ordenó la clausura total de los templos católicos que había en el Estado, sus escuelas y demás instituciones de asistencia social, alrededor de 40 en todo el Estado.

Estas y otras acciones gubernamentales provocaron que, a finales del año siguiente, 1935, ocurrieran varios levantamientos armados en Sonora, de los que ya hablé, así como el que encabezara el General Luis Ibarra Encinas, del que también ya he hablado. El suceso más importante de este último movimiento fue la muerte de Alfonso de la Torre, que le acompañaba, según lo dijera el mismo Ibarra:

“Por la presente tengo el honor de certificar que el Teniente Coronel Alfonso de la Torre pertenecía al Ejército Popular Libertador dependiente de la Guardia Nacional, como Jefe de Estado Mayor dependiente a mis órdenes, en el movimiento armado que se inició en este estado el 4 de octubre de 1935 en contra de la persecución religiosa del tirano Calles. Nuestro pequeño campamento fue sorprendido por el enemigo en número muy superior al nuestro, y por la traición de un Judas, Alfonso pudo salvarnos sacrificando su vida, disparando él primero para advertirnos el peligro.”

En cuanto a la opinión que haya tenido el Obispo Navarrete sobre movimientos armados de oposición en Sonora, ya he citado en artículos anteriores algún documento, aunque ahora merece que recuerde otro, que resulta más contundente:

"Que la acción bélica, aunque lícita en sí, no es oportuna en Sonora, y que en su concepto sería perjudicial.
Que yo debía tomar en cuenta que, si yo mismo, por circunstancias particulares, podía sin gran sacrificio ir a ella, muchos de los que acudieran al llamado no estarían en las mismas circunstancias, y se recibirían perjuicios graves"
Y resumía lo anterior diciendo:

Que el gobierno actual es el gobierno legítimo por el reconocimiento de la mayoría de los mexicanos. Y aquí invocó [el Obispo] la admonición de San Pablo: El que resiste a la autoridad resiste a Dios.
Que la iniciativa o acción bélica sería atribuída al Clero de Sonora y que éste sufriría inmediatamente las consecuencias."

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