El Obispo Navarrete en 1935: Año de enfrentamientos

En 1932 se prohibía nuevamente el culto religioso público en México, aunque ahora el Obispo Navarrete , a diferencia de su primer exilio entre 1936 y 1939, decidió no abandonar su diócesis ni interrumpir el funcionamiento del Seminario. Desobedeciendo las órdenes gubernamentales y escondiéndose, en 1932 se trasladó personalmente y cambió el Seminario a diversos lugares en el Estado. Así iniciaba un periodo en que, ocultándose, decidió continuar al frente de la feligresía sonorense. En el siguiente artículo me extenderé sobre sus escondites.

El 29 de septiembre de ese mismo año, el Papa Pío XI había emitido otra encíclica acerca de la persecución religiosa en México, “Acerba animi.” Además, acababa de resolverse, por negociaciones cupulares, el levantamiento de los Cristeros que ocurriera en el centro del país en contra de las medidas anticatólicas gubernamentales, y a pesar de que se creía que esta solución acabaría con muchas de las medidas anticatólicas gubernamentales, la realidad es que éstas se exacerbaron durante los meses siguientes.

Frente a esta situación, en enero de 1935, el Obispo Navarrete les respondía “a Alfonso de la Torre y demás firmantes,” quienes le habían expresado la necesidad de que la Iglesia, en Sonora, se pronunciara de una forma más enérgica en contra de las medidas anticatólicas del gobierno mexicano, recordándoles lo expresado por el Delegado Apostólico, el día 12 de diciembre pasado:

“…por ningún motivo, en cuanto son católicos, se les permita enarbolar la bandera religiosa en defensa de la Iglesia, en México… [y para mayor énfasis agregaba el Obispo que]   es mi honesto sentir que el deber de los católicos ante la situación actual es presentar por lo menos una consistente y organizada resistencia pasiva…” 

Las razones que haya tenido la Iglesia Católica para prohibirles a los mexicanos acciones bélicas nuevamente, al menos en Sonora, serían reconocidas por el Delegado en el Estado de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa:

“De acuerdo con instrucciones especiales recibidas en México, los trabajos de la Dirección Regional [de la Liga en Sonora] se encaminaron a la organización de un movimiento armado que secundara los ideales de la Liga, como ya se estaba haciendo en otros lugares de la República. La preparación de este movimiento fue muy ligera. Creímos que una acción de esta naturaleza sería vigorosamente secundada por el pueblo y que la mejor preparación para él, consistía en lanzarse al campo lo más pronto posible y fue así cómo… se levantó un grupo de aproximadamente cien hombres, en la región de  Granados. Por instrucciones del mismo Jefe levantado allá, se levantaron también en esta región del Mayo cerca de cincuenta hombres.” 

Luis Ibarra Encinas
Se refería a un levantamiento en Granados iniciado, según apareció en un desplegado que fue firmado en la Sierra del Bacatete el 30 de septiembre de 1935, por un antiguo soldado Cristero del recientemente terminado levantamiento de 1926 a 1929 en Jalisco, Luis Ibarra Encinas, un sonorense que ahora se rebelaba en este Estado al mando de unos cien hombres, al mando del Ejército Popular Revolucionario, apoyando el “Plan de Cerro Gordo del 20 de noviembre de 1934…[movimiento que buscaba la] libertad de conciencia, de enseñanza, de asociación, de prensa, de trabajo y de garantías a la propiedad privada….”

Así transcurrió el año de 1935 que, hoy lo sabemos, estaría lleno de nuevas definiciones políticas para todo el país así como para Sonora. En el plano nacional se llevaba a cabo la purga por la que el gobierno del nuevo presidente de México, Lázaro Cárdenas, acabó con la influencia que había tenido  en el país el callismo, encabezado por el ex presidente, Plutarco Elías Calles.

Además, en el Distrito de Altar, Pablo Rebeil y Juan E. Caballero se alzaron en armas, mataron al presidente de Altar e instalaron a Caballero para sucederle; depusieron a los concejos municipales de Pitiquito, Caborca y Oquitoa, y obligaron al de Atil a adherirse a su movimiento.

Esto sucedía mientras que Jesús María Suárez Arvizu también se levantó en armas en el Distrito de Magdalena con unos 50 hombres y atacó el 14 de octubre a Santa Ana, mató al presidente municipal y al comisario de policía; y poco después sus fuerzas quemaron los puentes del ferrocarril cerca de Magdalena para evitar la llegada de tropas, para dirigirse hacia la cuenca del río Santa Cruz, en donde fueron alcanzados por las fuerzas del gobierno en El Saucito, situado a 10 Km al este de San Lázaro, y fueron desbaratados allí.

Se preparaba el escenario para su desenlace, aunque el espacio se agota, por lo que lo continuaré en el siguiente artículo.

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